Siempre existe alguna diferencia entre la verdadera situación, la realidad de un lugar concreto y la información, siempre sesgada que has podido recopilar por medios externos, quizá desfasados. Justo esto nos sucedió en la ciudad de Guatemala, la capital administrativa de un país que desde hace demasiados años va cayendo en picado hacía los infiernos. Con sus gentes, su belleza, sus importantes riquezas. Por desgracia, esto no es exclusivo de éste país, es algo generalizado en la región.
Arribamos al centro de la ciudad ya de noche. Una noche cerrada, lluviosa, silenciosa. Un escenario sobrecogedor, desconocido. Hay que estar muy preparado para sobrevivir en él. Los ciudadanos lo consiguen de mala manera, están ante un estado delincuente, empeñados en devolverlos a la edad de piedra, después de haberlo saqueado todo, claro.
Descargamos nuestro exiguo equipaje del desvencijado autobús, a pesar de encontrarnos en el mismo centro de la urbe, la zona nos parece un suburbio. El resto de los viajeros desaparece rápidamente y nos quedamos solos, somos objeto de miradas inquisitorias, desconfiadas, predatorias; reina la desolación. La fina lluvia remueve la suciedad del asfalto y ante la falta de desagües se forman unos charcos pestilentes. Muy cerca de donde nos encontramos existe una “casa de huéspedes”, no miramos con complicidad, como si nos hubieran dado un premio; un refugio, un oasis en un desierto inhóspito. Nos recibe un individuo de tez morena, achaparrado, de piernas cortas, sólo le queda una “habitación” que consiste en una cama de matrimonio separada del resto de la planta baja por unos delgados paneles de madera; nos quedamos, no hay otra alternativa. Tenemos fundadas sospechas de cual es la verdadera actividad del inmueble, el trasiego nocturno es importante. Hay que recordar que estamos pegados a la recepción y sólo nos separa una tabla de madera.
Pero antes de introducirnos en las turbias sábanas se nos ocurrió cenar algo (hacía horas que no comíamos nada), y ahí empezó la aventura. Nos aconsejan que no salgamos a la calle, es tarde y la inseguridad es muy alta, pero ya hemos tomado la decisión. El guarda del..., ya no sé como llamar el lugar en el que pretendemos pasar la noche; nos señala una taberna como a unos cien metros, debemos salir corriendo hacía ella sin pararnos, pase lo que pase. Así lo hacemos, a través de la lluvia, con la mirada puesta al frente. Una raquítica lámpara nos ilumina, algunos individuos pululan cerca de nosotros, recostados sobre las paredes, soportando la lluvia, esperando no se sabe bien el qué, elevamos nuestros sentidos al máximo.
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