Debo cruzar otra vez el lago Atitlán para dirigirme a Panajachel. En su lámina de agua se reflejan los tres volcanes que lo protegen. Existe un fuerte oleaje y la embarcación es algo precaria, así que cuando desembarco estoy totalmente mojado, el agua también ha llegado hasta el último rincón de mi mochila. Mi etapa siguiente es Livingston. Remontando el río Dulce llego a esta pequeña localidad frente al mar Caribe. Es la única forma de llegar hasta aquí, también por mar claro; una húmeda y espesa selva lo rodea. Está poblada por los Garífunas, pueblo afrocaribe cuya mezcla cultural es muy interesante..., y sensual. Aunque hablan castellano, conservan su idioma, y su música mestiza. Llevan una vida tranquila disfrutando de su pequeño paraíso, viviendo en chozas de madera junto a las palmeras diseminadas a lo largo de kilómetros de playas exóticas. También lo habitan algunos criollos que poseen pequeños establecimientos hoteleros. Existen sobresalientes edificios de madera con balcones de encaje.
Algunos extranjeros de orígenes muy distintos que recalaron en Livingston se quedaron para siempre. Este poder de atracción también se reflejó en mí, y no es para menos, la tentación es muy fuerte. Aún sin comodidades, sin lujos, la calidad de vida es envidiable.
Para terminar quiero dar a conocer una estremecedora queja maya de la que tuve conocimiento durante mi estancia en estas tierras: “La llegada del cristianismo fue la llegada de la tristeza, el principio de nuestra miseria, la incoación de nuestros padecimientos. Los intrusos nos enseñaron el miedo y vinieron para marchitar nuestras flores. Para que sólo su flor viviese, pisotearon las nuestras".
Relato a Sin Fronteras Guatemala
No hay comentarios:
Publicar un comentario